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October 25 Hymne à la Beauté.Viens-tu du ciel profond ou sors-tu de l'abîme, O Beauté? ton regard, infernal et divin, Verse confusément le bienfait et le crime, Et l'on peut pour cela te comparer au vin. Tu contiens dans ton oeil le couchant et l'aurore; Tu répands des parfums comme un soir orageux; Tes baisers sont un philtre et ta bouche une amphore Qui font le héros lâche et l'enfant courageux. Sors-tu du gouffre noir ou descends-tu des astres? Le Destin charmé suit tes jupons comme un chien; Tu sèmes au hasard la joie et les désastres, Et tu gouvernes tout et ne réponds de rien Tu marches sur des morts, Beauté, dont tu te moques; De tes bijoux l'Horreur n'est pas le moins charmant, Et le Meurtre, parmi tes plus chères breloques, Sur ton ventre orgueilleux danse amoureusement. L'éphémère ébloui vole vers toi, chandelle, Crépite, flambe et dit: Bénissons ce flambeau! L'amoureux pantelant incliné sur sa belle A l'air d'un moribond caressant son tombeau. Que tu viennes du ciel ou de l'enfer, qu'importe, Ô Beauté! monstre énorme, effrayant, ingénu! Si ton oeil, ton souris, ton pied, m'ouvrent la porte D'un Infini que j'aime et n'ai jamais connu? De Satan ou de Dieu, qu'importe? Ange ou Sirène, Qu'importe, si tu rends, — fée aux yeux de velours, Rythme, parfum, lueur, ô mon unique reine! — L'univers moins hideux et les instants moins lourds? Charles Baudelaire. October 04 Conducta en los velorios, por Julio Cortázar.No vamos por el anís, ni porque hay que ir. Ya se habrá sospechado: vamos porque no podemos soportar las formas más solapadas de la hipocresía. Mi prima segunda, la mayor, se encarga de cerciorarse de la índole del duelo, y si es de verdad, si se llora porque llorar es lo único que les queda a esos hombres y a esas mujeres entre el olor a nardos y a café, entonces nos quedamos en casa y los acompañamos desde lejos. A lo sumo mi madre va un rato y saluda en nombre de la familia; no nos gusta interponer insolentemente nuestra vida ajena a ese dialogo con la sombra. Pero si de la pausada investigación de mi prima surge la sospecha de que en un patio cubierto o en la sala se han armado los trípodes del camelo, entonces la familia se pone sus mejores trajes, espera a que el velorio este a punto, y se va presentando de a poco pero implacablemente. En Pacífico las cosas ocurren casi siempre en un patio con macetas y música de radio. Para estas ocasiones los vecinos condescienden a apagar las radios, y quedan solamente los jazmines y los parientes, alternándose contra las paredes. Llegamos de a uno o de a dos, saludamos a los deudos, a quienes se reconoce fácilmente porque lloran apenas ven entrar a alguien, y vamos a inclinarnos ante el difunto, escoltados por algún pariente cercano. Una o dos horas después toda la familia esta en la casa mortuoria, pero aunque los vecinos nos conocen bien, procedemos como si cada uno hubiera venido por su cuenta y apenas hablamos entre nosotros. Un método preciso ordena nuestros actos, escoge los interlocutores con quienes se departe en la cocina, bajo el naranjo, en los dormitorios, en el zaguán, y de cuando en cuando se sale a fumar al patio o a la calle, o se da una vuelta a la manzana para ventilar opiniones políticas y deportivas. No nos lleva demasiado tiempo sondear los sentimientos de los deudos más inmediatos, los vasitos de caña, el mate dulce y los Particulares livianos son el puente confidencial; antes de media noche estamos seguros, podemos actuar sin remordimientos. Por lo común mi hermana la menor se encarga de la primera escaramuza; diestramente ubicada a los pies del ataúd, se tapa los ojos con un pañuelo violeta y empieza a llorar, primero en silencio, empapando el pañuelo a un punto increíble, después con hipos y jadeos, y finalmente le acomete un ataque terrible de llanto que obliga a las vecinas a llevarla a la cama preparada para esas emergencias, darle a oler agua de azahar y consolarla, mientras otras vecinas se ocupan de los parientes cercanos bruscamente contagiados por la crisis. Durante un rato hay un amontonamiento de gente en la puerta de la capilla ardiente, preguntas y noticias en voz baja, encogimientos de hombros por parte de los vecinos. Agotados por un esfuerzo en que han debido emplearse a fondo, los deudos amenguan en sus manifestaciones, y en ese mismo momento mis tres primas segundas se largan a llorar sin afectación, sin gritos, pero tan conmovedoramente que los parientes y vecinos sienten la emulación, comprenden que no es posible quedarse así descansando mientras extraños de la otra cuadra se afligen de tal manera, y otra vez se suman a la deploración general, otra vez hay que hacer sitio en las camas, apantallar a señoras ancianas, aflojar el cinturón a viejitos convulsionados. Mis hermanos y yo esperamos por lo regular este momento para entrar en la sala mortuoria y ubicarnos junto al ataúd. Por extraño que parezca estamos realmente afligidos, jamás podemos oír llorar a nuestras hermanas sin que una congoja infinita nos llene el pecho y nos recuerde cosas de la infancia, unos campos cerca de Villa Albertina, un tranvía que chirriaba al tomar la curva en la calle General Rodríguez, en Bánfield, cosas así, siempre tan tristes. Nos basta ver las manos cruzadas del difunto para que el llanto nos arrase de golpe, nos obligue a taparnos la cara avergonzados, y somos cinco hombres que lloran de verdad en el velorio, mientras los deudos juntan desesperadamente el aliento para igualarnos, sintiendo que cueste lo que cueste deben demostrar que el velorio es el de ellos, que solamente ellos tienen derecho a llorar así en esa casa. Pero son pocos, y mienten (eso lo sabemos por mi prima segunda la mayor, y nos da fuerzas). En vano acumulan los hipos y los desmayos, inútilmente los vecinos más solidarios los apoyan con sus consuelos y sus reflexiones, llevándolos y trayéndolos para que descansen y se reincorporen a la lucha. Mis padres y mi tío el mayor nos reemplazan ahora, hay algo que impone respeto en el dolor de estos ancianos que han venido desde la calle Humboldt, cinco cuadras contando desde la esquina, para velar al finado. Los vecinos más coherentes empiezan a perder pie, dejan caer a los deudos, se van a la cocina a beber grapa y a comentar; algunos parientes, extenuados por una hora y media de llanto sostenido, duermen estertorosamente. Nosotros nos relevamos en orden, aunque sin dar la impresión de nada preparado; antes de las seis de la mañana somos los dueños indiscutidos del velorio, la mayoría de los vecinos se han ido a dormir a sus casas, los parientes yacen en diferentes posturas y grados de agotamiento, el alba nace en el patio. A esa hora mis tías organizan enérgicos refrigerios en la cocina, bebemos café hirviendo, nos miramos brillantemente al cruzarnos en el zaguán o los dormitorios; tenemos algo de hormigas yendo y viniendo, frotándose las antenas al pasar. Cuando llega el coche fúnebre las disposiciones están tomadas, mis hermanas llevan a los parientes a despedirse del finado antes del cierre del ataúd, los sostienen y confortan mientras mis primas y mis hermanos se van adelantando hasta desalojarlos, abreviar el ultimo adiós y quedarse solos junto al muerto. Rendidos, extraviados, comprendiendo vagamente pero incapaces de reaccionar, los deudos se dejan llevar y traer, beben cualquier cosa que se les acerca a los labios, y responden con vagas protestas inconsistentes a las cariñosas solicitudes de mis primas y mis hermanas. Cuando es hora de partir y la casa está llena de parientes y amigos, una organización invisible pero sin brechas decide cada movimiento, el director de la funeraria acata las órdenes de mi padre, la remoción del ataúd se hace de acuerdo con las indicaciones de mi tío el mayor. Alguna que otra vez los parientes llegados a último momento adelantan una reivindicación destemplada; los vecinos, convencidos ya de que todo es como debe ser, los miran escandalizados y los obligan a callarse. En el coche de duelo se instalan mis padres y mis tíos, mis hermanos suben al segundo, y mis primas condescienden a aceptar a alguno de los deudos en el tercero, donde se ubican envueltas en grandes pañoletas negras y moradas. El resto sube donde puede, y hay parientes que se ven precisados a llamar un taxi. Y si algunos, refrescados por el aire matinal y el largo trayecto, traman una reconquista en la necrópolis, amargo es su desengaño. Apenas llega el cajón al peristilo, mis hermanos rodean al orador designado por la familia o los amigos del difunto, y fácilmente reconocible por su cara de circunstancias y el rollito que le abulta el bolsillo del saco. Estrechándole las manos, le empapan las solapas con sus lágrimas, lo palmean con un blando sonido de tapioca, y el orador no puede impedir que mi tío el menor suba a la tribuna y abra los discursos con una oración que es siempre un modelo de verdad y discreción. Dura tres minutos, se refiere exclusivamente al difunto, acota sus virtudes y da cuenta de sus defectos, sin quitar humanidad a nada de lo que dice; está profundamente emocionado, y a veces le cuesta terminar. Apenas ha bajado, mi hermano el mayor ocupa la tribuna y se encarga del panegírico en nombre del vecindario, mientras el vecino designado a tal efecto trata de abrirse paso entre mis primas y hermanas que lloran colgadas de su chaleco. Un gesto afable pero imperioso de mi padre moviliza al personal de la funeraria; dulcemente empieza a rodar el catafalco, y los oradores oficiales se quedan al pie de la tribuna, mirándose y estrujando los discursos en sus manos húmedas. Por lo regular no nos molestamos en acompanar al difunto hasta la bóveda o sepultura, sino que damos media vuelta y salimos todos juntos, comentando las incidencias del velorio. Desde lejos vemos cómo los parientes corren desesperadamente para agarrar alguno de los cordones del ataúd y se pelean con los vecinos que entre tanto se han posesionado de los cordones y prefieren llevarlos ellos a que los lleven los parientes. de "Historias de Cronopios y de Famas", 1962. October 02 Rosaura a las diez, por Marco Denevi (1955). Fragmento.-Hay a lo mejor en el gallinero un trozo de comida, pudriéndose en el barro. Ninguna lo recoge. Pero basta que una empiece a picotearlo, para que todas se lo disputen y corran por el gallinero quitándose unas a otras el pedazo de bazofia, y hasta son capaces de pelearse por él y de ensangrentarse las crestas. Sí, señor. Sí, señor. Usted lo ha adivinado. La fábula de Rosaura tuvo un fin. Quise que una primera mujer picoteara en mi bazofia, porque yo sabía que en seguida se despertaría el interés de las demás, y como esa primera mujer no podía ser de carne y hueso, como una mujer de carne y hueso no aparecía, la inventé. La inventé para quebrar la ley de la indiferencia. »Ah, sí, señor. Algunos se quejan del odio. Pero ésos ignoran que la indiferencia es más terrible que el odio. Porque el odio es como un fuego que quiere destruir, pero quiere destruir a quien considera alguien. El mismo hecho de que quiera destruirlo le hace al menos la justicia de reconocerle un valor. Pero la indiferencia no. La indiferencia es un hielo, un hielo que, mientras lo momifica, le perdona la vida, se la perdona nada más que para eso, para que usted se sienta momia, se sepa momia, en el frío y en la oscuridad de un sarcófago. La indiferencia lo convierte a usted en un cero, en esa nada de la serie aritmética, que no suma, ni resta, ni multiplica, ni divide, que no agrega ni quita y está fuera de todas las operaciones. Porque uno preferiría a veces ser un número negativo, que restase siempre, no importa, pero que, temido u odiado, entrara en los cálculos. »Ah, sí, señor, sí señor. Yo era para ellas esa nada, ese cero. No, yo no era para ellas el tío solterón. No, peor todavía. Yo era el ayo sin sexo y sin instintos, delante del cual podían hablar de sí mismas y de los hombres como si estuviesen solas. Sí, a mí podían mostrarme un rostro sin afeites, un rostro de entrecasa, y en mi presencia podían cruzar despreocupadamente las piernas, porque yo no iba a espiarles el muslo. Y si hubieran sorprendido en mí una mirada de hombre, se hubiesen enfurecido terriblemente, como de una inmoralidad, o tal vez se habrían reído a carcajadas, como de la cosa más comiquísima, como de un bar automático que, al introducir la moneda, soltase piropos en lugar de sandwiches de jamón y queso. ¿Y por qué? ¿Por qué en mí parecía vil o ridículo lo que en otro era su orgullo o su fuerza? Un día las oí hablar de mí, cuando ya andaban con la curiosidad picada por las cartas de Rosaura. “Camilo no piensa en esas cosas”, decían. “Camilo no esté hecho para esas cosas”. Pero yo no pienso en mis uñas, y mis uñas igual crecen. ¿Qué es lo que de mí no estaba hecho para esas cosas? La arquitectura de mi materia física. Pero de arquitectura conoce sólo el arquitecto, no el edificio. El edificio no siente su arquitectura. Siente su piedra, su mármol o su adobe. Y yo me sentía mi carne y mi sangre. Yo vivía mi carne y mi sangre. Pero unos a otros nos aprehendemos por la forma y pensamos estúpidamente que la forma es siempre el signo fiel de la sustancia. ¿Y cuando no lo es? ¿Cuando la forma expresa lo contrario de lo que es la sustancia? ¿Cuando la forma traiciona a la sustancia? ¿Quién mitiga ese error? El jorobado y el enano que la gente ve pasar a su lado tal vez sean más infelices que lo que la gente cree, porque la gente cree que el ser del enano y del jorobado también es enano y jorobado. Y quizá no, quizá no. Quizá el ser del contrahecho sea el mismo ser del hermoso, pero pretendemos que el contrahecho viva según su forma. Ahí está la tragedia, porque la forma no se vive, la forma se percibe, y se percibe desde fuera. Lo que cada uno vive es su sustancia. Pero ¿quién convence a Francesca? Je, je, ¿quién convence a Francesca de que el amor de Giovanni tal vez sea superior al amor de Paolo (*)? No, no. Para Francesca son los ojos luminosos de Paolo, es la voz dulce de Paolo, es la belleza de Paolo lo que hace luminoso y dulce y bello el amor de Paolo. Y es la joroba de Giovanni la que envilece el amor de Giovanni. Y todos aprobamos el juicio de Francesca. Y toda nuestra simpatía y nuestro perdón son para Paolo. Cuando Dante lo encuentra con Francesca en el Infierno, desfallece de piedad por ambos, y quisiera tenderles una mano y arrebatarlos del fuego que los devora, y todos querríamos lo mismo. Pero si hallásemos a Giovanni, lo maldeciríamos, llamándolo Caín, o nos apartaríamos de él con horror y, si pudiéramos, añadiríamos nuevos castigos a su castigo. Azufre y condenación para el asesino. El último círculo del Infierno para su figura oprobiosa. Y compasión, compasión para los adúlteros. No, que Giovanni no espere piedad de nadie. Y de Francesca menos todavía, todavía menos de Francesca. Su amor, para Francesca, es un ultraje, y su dolor, un escarnio. Y sin embargo, ¡quién sabe, quién sabe! Tal vez Giovanni amó a Francesca como no supo amarla Paolo. Tal vez su amor fue más terrible y más sublime, porque era más desesperado y porque se alzaba por encima de todo, incluso por encima de su propia vergüenza, y no estaba defendido, como el del hermano, por la belleza y la correspondencia. Tal vez, en lo alto de su torre, el pobre Giovanni haya sollozado mucho por Francesca, y cada lágrima suya contuviese más amor a Francesca que todo el amor de Paolo. Pero, ¿quién quiere saber lo que ocurre en la torre? ¿A quién interesa el corazón de Giovanni? Es su joroba, y no su corazón la que sale a escena. El que tiene esa joroba, ¿ha de tener también corazón? No, no, la joroba nos absuelve de considerar el corazón. La joroba de Giovanni lo obliga a ser sólo la sombra siniestra que espía a los amantes, mientras ellos, ennoblecidos de belleza, adornados de juventud, juntas las frentes, entrelazadas las manos, leen el libro de Lanzarote (**). Su fealdad, la fealdad de Giovanni, es un telón de fondo, todo negro, todo negro, sin rostro, sin nombre, sin fisonomía, hecho únicamente para que destaque más puro, más pálido, más bello el perfil de Paolo y de Francesca. »Y nosotros sólo vemos a Paolo y a Francesca. Sólo ellos dos tienen corazón, y sólo por ellos dos late nuestro propio corazón. Los dos son jóvenes y hermosos y, por tanto, poseen todas las excelsitudes. Que nadie sospeche que Paolo pueda ser un lindo pisaverde, hábil para el falaz galanteo, pero necio y presumido, ni que Francesca sea una holgazana sensual. No, no, que nadie cometa ese sacrilegio. Paolo y Francesca son jóvenes y hermosos. Entonces, basta. Todas las disculpas para ellos, todas las complicidades, todos los perdones. Una luna a la ventana, vino dulce en una jarra, perfumes de Bizancio en un pebetero. La alcoba de Francesca a media luz. Y Paolo en la alcoba de Francesca. ¿Por qué Giovanni no se quedó en su torre? ¿Por qué no se encerró allá arriba, entre sus infolios y sus probetas? ¿Por qué, él, que era jorobado, quiso también ser hombre, marido, caballero, y sentir amor, y tener dignidad y honor? Y desciende, desciende de su torre, por la escalera de piedra, desciende siempre, sin ruido, lentamente, hacia la alcoba de los amantes. Su boca tiembla, pero es una boca tan horrible la suya, es un belfo tan repugnante, que su temblor es el temblor del pérfido y del monstruo. Abajo, en la alcoba de Francesca, también la boca de Paolo tiembla, pero los labios de Paolo son como dos pétalos de rosa y embriagan a Francesca. La mirada de Giovanni, mientras desciende, brilla, pero sus ojos son pequeños y miopes, y enturbian su brillo, y hacen que ese brillo sea un fulgor malvado. En la alcoba de Francesca, los ojos de Paolo brillan, también, pero los ojos de Paolo son dos diamantes puros, dos joyas cálidas, y Francesca queda deslumbrada. Giovanni habla solo, pero sus palabras son torpes, su voz es áspera, y un hilo de baba le cae de entre los labios. Abajo, Paolo habla a Francesca, y sus palabras suenan como una música triste, y Francesca cierra los ojos, en un éxtasis. »Hasta que Giovanni llega a la cámara de Francesca y levanta el puñal. Y mientras Paolo posee a Francesca, Giovanni mata a Francesca. Cada cual a su juego. Y nosotros al nuestro. Piedad para los adúlteros y condenación para el asesino. (*) En "La verdad sobre Francesca y Paolo" (incluido en Falsificaciones, 1966, 1969 y 1977), Denevi cita como ejemplos de únicas lecturas distintas del adulterio de Francesca a la de Leopoldo Lugones en Lunario sentimental, y a la suya propia. Las interpretaciones tradicionales se apoyan en el canto V del Infierno de Dante y en el cuento "Trattatello", del Decamerón de Boccaccio. (**) Lanzarote del Lago es uno de los caballeros de la Mesa Redonda. El hada Viviana lo crió en el fondo de un lago. Una variante de este tema, con el título de "Los silencios de Lanzarote y Ginebra", reaparece en Falsificaciones, 1966, 1969 y 1977. Himno nacional argentino (Original de 1812)Sean eternos los laureles que supimos conseguir: coronados de gloria vivamos, o juremos con gloria morir. ¡Oíd, mortales!, el grito sagrado libertad, libertad, libertad! Oíd el ruido de rotas cadenas ved el trono a la noble igualdad. Se levanta a la faz de la Tierra una nueva y gloriosa Nación coronada su sien de laureles y a sus plantas rendido un león. Sean eternos los laureles que supimos conseguir: coronados de gloria vivamos, o juremos con gloria morir. De los nuevos campeones los rostros Marte mismo parece animar la grandeza se anida en sus pechos a su marcha todo hacen temblar. Se conmueven del Inca las tumbas y en sus huesos revive el ardor lo que ve renovando a sus hijos de la Patria el antiguo esplendor. Sean eternos los laureles que supimos conseguir: coronados de gloria vivamos, o juremos con gloria morir. Pero sierras y muros se sienten retumbar con horrible fragor todo el país se conturba por gritos de venganza, de guerra y furor. En los fieros tiranos la envidia escupió su pestífera hiel. Su estandarte sangriento levantan provocando a la lid más cruel. Sean eternos los laureles que supimos conseguir: coronados de gloria vivamos, o juremos con gloria morir. ¿No los veis sobre Méjico y Quito arrojarse con saña tenaz, y cuál lloran bañados en sangre Potosí, Cochabamba y La Paz? ¿No los veis sobre el triste Caracas luto y llantos y muerte esparcir? ¿No los veis devorando cual fieras todo pueblo que logran rendir? Sean eternos los laureles que supimos conseguir: coronados de gloria vivamos, o juremos con gloria morir. A vosotros se atreve, argentinos el orgullo del vil invasor. Vuestros campos ya pisa contando tantas glorias hollar vencedor. Mas los bravos que unidos juraron su feliz libertad sostener, a estos tigres sedientos de sangre fuertes pechos sabrán oponer. Sean eternos los laureles que supimos conseguir: coronados de gloria vivamos, o juremos con gloria morir. El valiente argentino a las armas corre ardiendo con brío y valor, el clarín de la guerra, cual trueno, en los campos del Sud resonó. Buenos Aires se pone a la frente de los pueblos de la ínclita Unión, y con brazos robustos desgarran al ibérico altivo león. Sean eternos los laureles que supimos conseguir: coronados de gloria vivamos, o juremos con gloria morir. San José, San Lorenzo, Suipacha. Ambas Piedras, Salta y Tucumán, la colonia y las mismas murallas del tirano en la Banda Oriental, son letreros eternos que dicen: aquí el brazo argentino triunfó, aquí el fiero opresor de la Patria su cerviz orgullosa dobló. Sean eternos los laureles que supimos conseguir: coronados de gloria vivamos, o juremos con gloria morir. La victoria al guerrero argentino con sus alas brillantes cubrió, y azorado a su vista el tirano con infamia a la fuga se dio; sus banderas, sus armas se rinden por trofeos a la Libertad, y sobre alas de gloria alza el Pueblo trono digno a su gran Majestad. Sean eternos los laureles que supimos conseguir: coronados de gloria vivamos, o juremos con gloria morir. Desde un polo hasta el otro resuena de la fama el sonoro clarín, y de América el nombre enseñando les repite: ¡Mortales, oíd! Ya su trono dignísimo abrieron las Provincias Unidas del Sud! Y los libres del mundo responden: ¡Al gran Pueblo Argentino, salud! Sean eternos los laureles que supimos conseguir: coronados de gloria vivamos, o juremos con gloria morir. Letra: Vicente López y Planes Música: Blas Parera Vicente López y Planes (1785-1856), poeta de la literatura de Mayo. Se graduó en Derecho en la Universidad de Chuquisaca. Blas Parera, español, maestro de piano y violín. En 1860, Juan Esnaola realizó algunos cambios a la música del Himno basándose en manuscritos de su autor. Los arreglos fueron aceptados como versión definitiva en 1944. El himno fue ejecutado por primera vez en la casa de Mariquita Sánchez de Thompson. El 30 de marzo de 1900, el Poder Ejecutivo decreta que se canten sólo la primera y última cuarteta más el coro. |
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